Hace ya unos años fui testigo directo de un suceso ocurrido a un buen amigo. Tenía él un ciber café de esos que estaban tan de moda antiguamente y un buen día, de repente, entra en el mismo la autoridad con todo su peso. En el marco de aquella orden genérica que la fiscalía general había dado a las fuerzas públicas (vencida, quizás, por la presión constante de asociaciones que representaban, al menos en teoría, los intereses de la industria tenedora de derechos intelectuales, cualquiera que sea ésta) se organizaban batidas sin denuncia previa.

Así,  la cuadrilla entraba, registraba el local y los equipos (contaban con un presunto perito, también de la autoridad que, por cierto, preguntaba con timidez “¿esto es Windows Vista, verdad?”) y si encontraban algo o, mejor dicho, si creían haber encontrado algo, requisaban material y se llevaban al individuo a tomarle declaración.

Ni que decir tiene que el proceso en si adolecía de garantías jurídicas, estaba plagado de errores garrafales y leer los documentos legales del asunto aseguraban una carcajada. Sin embargo, el juez, impresionado seguramente por la tecnofobia, daba curso a un sinsentido. El problema venía cuando se retrataban los hechos en el periódico local.

El redactor de la noticia prescindía de esa estúpida e innecesaria garantía constitucional llamada “presunción de inocencia” y convertía en afirmación la sospecha sin base de la autoridad. Por supuesto, la cosa en el proceso judicial quedó en nada por la falta de pruebas de la autoridad. Y, por supuesto, el juez ni siquiera se molestó no ya en amonestar, sino en quejarse si quiera de haber llegado a ese punto sin base que apoyara la teórica sospecha que inició el proceso.

Y el periódico no dio fe del resultado. Es decir, si tiramos de hemeroteca la única conclusión posible es que aquel amigo mío cometió un delito y fue detenido por ello. Punto. No hubo rectificación ni publicación de la desestimación.

Gracias a ese y otros muchos casos, uno se da cuenta de cómo funciona la prensa tradicional así que ni la consulto. Ni siquiera sus sitios webs, pues por muy digitales que sean, siguen siendo obra de los mismos periodistas y editores. Al enemigo ni agua.

Esto venía a cuento porque a la semana suelo recibir una media de treinta correos “informativos”. La mitad con videos y powerpoints. Normalmente los voy guardando en una carpeta que consulto de un tirón cuando tengo tiempo. Evidentemente, uno ya se imagina por los remitentes la calidad del contenido así que va más o menos prevenido. Sin embargo, los otros correos, los de solo texto también tienen miga.

En febrero decidí hacer un experimento anotando los datos de cada correo recibido, su información y ciertos detalles. Quería saber qué porcentaje de la información que mis contactos me mandan alegremente ha sido mínimamente confirmada (es decir, verificada por más de una fuente de cierta calidad, aunque luego resulte ser falsa).

Lamentablemente he de decir que, haciendo números, me sale aproximadamente el 9%. Una gran derrota para ese acto tan simple de hacer una búsqueda en yahoo o google.

En su momento me tomaba muy a pecho  el asunto y a cada correo con un bulo (hoax) que recibía me molestaba en enviar un correo a su remitente explicando que era un bulo y las pautas para identificarlos y como evitar expandirlos. Y si recibía un correo en cadena, lo mismo, respondía al remitente para explicarle el asunto e indicarle que, si aún así quería enviarlo que ocultase las direcciones de los destinatarios.

Desde hace tiempo no lo hago. Lo admito, me he dado por vencido. Reconozco que, como con todo lo demás, hemos sido vencido por la holgazanería. Es más fácil, al leer un correo recibido, darle al botón de reenviar que copiar la parte esencial del texto y ponerla en el cajetín de búsqueda de google a ver si encontramos información al respecto. Hemos perdido, en general, responsabilidad de los contenidos que circulan, de los mensajes que emitimos, al igual que los periodistas.

El tan cacareado “periodismo ciudadano” a copiado demasiado bien al otro periodismo y hacemos lo mismo: no nos molestamos en verificar fuentes.

Cada poco hacemos un ruedo de carcajadas cuando pillamos a un medio periodístico dando por cierta una noticia falsa, generalmente “un bulo de internet” pero obviamos que, a la hora de la verdad, hacemos lo mismo al no cuidar un mínimo de calidad en el contenido que transmitimos por correo.

Cierto es que la cosa es muy generalista, que no se aplica al 100% de los correos que recibimos, etc, etc. Pero es que alabamos la posibilidad no ya de acceder, sino de estar en la fuente de información más grande que ha existido y nos limitamos a hacer un uso mediocre de la misma.

¿Llegaremos en un momento dado a estar tan hartos que prescindiremos del correo y mensajería y haremos un disfrute exclusivamente pasivo de internet?